La importancia de la
Planificación Fiscal
Ya sea como ciudadanos, o como empresarios, seguro que en
más de una ocasión hemos pensado lo siguiente
¿Es que no es posible, actuando de la más estricta
legalidad, pagar menos a Hacienda? ¿No estaré pagando más impuestos de los que
debiera? ¿Estaré aprovechando al máximo las ventajas, incentivos y beneficios
que me ofrece la legislación? ¿Por qué siempre me resulta tan inoportuno pagar
los impuestos? Cuestiones que, quizás, no nos agobiarían tanto si hubiésemos
realizado con la suficiente antelación una adecuada planificación fiscal.
¿Qué es?
Si tratamos de definir lo que es la planificación fiscal,
podríamos decir que ésta trata de prever qué consecuencias, desde un punto de
vista fiscal, van a tener los comportamientos y decisiones que como sujetos
económicos adoptemos a lo largo del ejercicio económico-fiscal a fin de poder
anticipar la cifra de impuestos a pagar. Serán, por tanto, nuestras acciones y
omisiones, lo que hayamos hecho o dejado de hacer en un determinado periodo de
tiempo, lo que determinará el impuesto a ingresar. Es evidente que en los
impuestos indirectos como, por ejemplo, el IVA, el margen que la legislación
deja para la planificación es más reducido que en la imposición directa (entre
otros, el IRPF o el Impuesto de Sociedades). En muchos casos, se limita a
prever los pagos y los costes que inevitablemente conlleva la realización de los
hechos imponibles.
Pero los impuestos directos contemplan determinadas
situaciones subjetivas del sujeto pasivo a través de deducciones e incentivos.
Son beneficios fiscales que necesariamente deben entrar en la ponderación de
las alternativas que se presentan en el momento de la toma de decisiones. Son
una variable más que no se debe olvidar, ya que el hecho de ponderarla puede
ser el determinante que nos permita disfrutar de algún margen de maniobra.
Al igual que optimizas tus costes, debes optimizar tus
costes fiscales.
No se trata de una cuestión baladí. Basta con echar cuentas
y pensar en la cantidad de dinero que representan sobre los ingresos de las
empresas los gastos por los diferentes conceptos fiscales. Por ello, de la
misma manera que tratamos de, en la medida de lo posible, ahorrar en todos y
cada uno de los factores que intervienen en nuestro proceso productivo, debemos
considerar que los costes fiscales no deben escapar a nuestro control y que
algo se puede hacer respecto a ello.
Una buena planificación evita problemas de tesorería
En ocasiones, los impuestos nos sorprenden: el IVA, los
seguros sociales, el IRPF, el Impuesto de Sociedades… Todos ellos integran una
batería de artillería pesada que aun disparando ordenadamente, porque tenemos
la obligación de saber cuándo lo hace, la mayoría de las veces nos coge a
descubierto y causa importantes destrozos a nuestras tesorerías. Entonces
debemos recurrir, bien a financiación externa, o quizá debiendo aplazar alguna
decisión de inversión para ‘apagar el fuego’ del recibo de Hacienda. Además, no
debemos olvidar los costes que acarrea, tanto financieros, explícitos, como de
oportunidad, no colocando nuestro dinero en el lugar y momento adecuado o,
cuando menos, presupuestado.
Una planificación fiscal adecuada evitaría o, cuando menos,
suavizaría estas situaciones. Y todo esto en una empresa en funcionamientos.
Pero ahora imaginemos que todavía se trata de un proyecto que no ha visto la
luz. Quizá para el empresario sea una cuestión intrascendente. A fin de
cuentas, él va a trabajar en su proyecto, que es lo que le apetece y le
importa. Lo demás son cuestiones muy farragosas que, cuanto menos tiempo se
piensen, mejor. Craso error. Se pueden incurrir en errores de extrema gravedad
si no se ponderan las consecuencias de una incorrecta elección del vestido
jurídico-fiscal que lucirá nuestra idea o proyecto. Si no se hace una
valoración adecuada a las diferentes alternativas se puede perder dinero, la
empresa, y yendo un poco más lejos, hasta la camisa. Y luego no valen
lamentaciones.
Estos incumplimientos de la ley pueden obedecer a diferentes
causas. No todas son voluntarias, “no quiero pagar”, muchas tienen su origen en
una imposibilidad para atender las obligaciones: “queríamos pagar para no había
dinero” o son causadas por la desinformación: “no sabía que hubiera que hacer
esto”. Todos estos casos han de ser estimados y contemplados en una análisis
serio, pues las repercusiones pueden ser nefastas.
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